Aunque su efecto calmante es conocido, el uso prolongado del chupete puede influir en el desarrollo de los maxilares y la mordida. Especialistas recomiendan un retiro oportuno y consciente.
El chupete suele ser uno de los primeros objetos que acompañan a bebés y niños pequeños. Su uso está ampliamente extendido por su capacidad para calmar y regular el llanto, pero también genera preguntas sobre sus posibles efectos a largo plazo. Desde la odontología, la evidencia apunta a que su impacto no está en los dientes en sí, sino en el desarrollo de la estructura ósea de la cara.
Según explica la Dra. Consuelo Sánchez, académica de la Facultad de Odontología de la Universidad Andrés Bello, el chupete “no afecta directamente la formación de los dientes, sino que influye principalmente en el crecimiento y desarrollo de los maxilares, especialmente del maxilar superior”. En condiciones normales, la docente explica que este desarrollo ocurre de manera armónica gracias al equilibrio de funciones como la masticación, la respiración y la correcta posición de la lengua en reposo.
Sin embargo, advierte que el uso prolongado del chupete introduce una fuerza de succión que no es fisiológica para el sistema orofacial y que se ejerce principalmente en sentido vertical. “Esto favorece un patrón de crecimiento más vertical de la cara, en desmedro del crecimiento horizontal”, señala la especialista. Como consecuencia, puede aumentar la profundidad del paladar y aparecer alteraciones como mordida abierta, mordida cruzada posterior o respiración bucal, entre otros trastornos asociados al desarrollo orofacial.
Cuándo y cómo retirar el chupete
Desde una mirada clínica, el uso del chupete no es obligatorio ni indispensable para el desarrollo emocional del niño, y su instauración no es estrictamente recomendable. Sin embargo, la odontóloga sugiere que cuando se utiliza, lo ideal es que sea de manera ocasional y no permanente durante el día.
La Dra. Sánchez advierte además que no se recomienda sujetar el chupete con cuerdas, cintas o colgantes a la ropa o a juguetes, ya que esto facilita su uso continuo y prolongado y puede implicar riesgos para la seguridad del niño.
En términos de plazos, la recomendación general es iniciar el retiro antes del primer año de vida y eliminarlo por completo antes de los dos años. En los casos en que su uso ya esté instaurado tanto de día como de noche, se sugiere un retiro progresivo dentro del primer año, evitando que se extienda más allá de los dos años, con el objetivo de prevenir alteraciones en el desarrollo bucodental.
Alternativas para calmar al bebé
La succión está neurológicamente asociada a sensaciones de placer y regulación emocional, ya que activa los sistemas cerebrales de recompensa. Por eso, su efecto suele ser inmediato.
“Cuando el chupete no está incorporado desde un inicio, resulta más sencillo reforzar otras estrategias de contención, como mecer al bebé, cantarle, hablarle suavemente o permitirle escuchar la voz de la madre o del cuidador. Estas acciones entregan seguridad y contención emocional sin recurrir a estímulos orales prolongados”, explica Sánchez.
En cambio, cuando el uso del chupete ya está establecido y el niño es mayor, generalmente entre los dos y tres años, el proceso puede ser más complejo. En estos casos, la especialista destaca la importancia de acompañar el retiro con estrategias emocionales: objetos de apego, contacto físico, palabras tranquilizadoras y validación de las emociones que el niño está experimentando.
“Más que demonizar el chupete, la evidencia invita a un uso informado y consciente, entendiendo que el desarrollo bucodental en la infancia está estrechamente ligado a hábitos cotidianos que, con pequeños ajustes a tiempo, pueden marcar una diferencia a largo plazo”, concluye la docente UNAB.
























