Para muchas personas, el cáncer no comienza con un diagnóstico, sino con un viaje de cuatro horas, una lista de espera que no avanza o un resultado sospechoso que nadie logra explicar con claridad. Empieza con incertidumbre, con desorientación y con la sensación de estar entrando a un laberinto sin mapa.
Cada 4 de febrero, en el Día Mundial contra el Cáncer impulsado por la Unión Internacional para el Control del Cáncer (UICC) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), el mundo se detiene a hablar de la enfermedad. Pero hay una verdad que aún incomoda: en Chile, el pronóstico del cáncer todavía depende demasiado del lugar donde se vive, del hospital al que se logra acceder y de la capacidad del sistema para coordinarse a tiempo.
Las cifras globales y nacionales son conocidas: el cáncer es una de las principales causas de muerte y una carga creciente para los sistemas sanitarios. En Chile, se estima que una de cada cinco personas desarrollará cáncer antes de los 75 años. Sin embargo, los números no muestran lo que significa perder meses entre derivaciones, postergar un examen clave o no saber a quién acudir tras un diagnóstico. Esa experiencia —demasiado frecuente— no es un problema biológico. Es un problema del sistema.
Cuando un cáncer se detecta tarde, solemos pensar en falta de prevención individual. Pero, en muchos casos, lo que falla no es la voluntad de la persona, sino la ruta de atención: circuitos poco claros, barreras geográficas, escasez de especialistas, demoras diagnósticas y sistemas de salud e información que no conversan entre sí. Llegar tarde al cáncer rara vez es una decisión personal; es, con frecuencia, el resultado de un sistema fragmentado.
Las consecuencias son tan clínicas como sociales: diagnósticos en etapas avanzadas, tratamientos más agresivos, mayores gastos de bolsillo, abandono terapéutico y familias que asumen cargas de cuidado sin apoyo suficiente. El cáncer no solo tensiona al cuerpo; también expone con crudeza las desigualdades y debilidades de cómo organizamos la atención en salud.
Chile no parte de cero. La Ley Nacional del Cáncer y el Plan Nacional del Cáncer reconocen que la respuesta debe abarcar prevención, diagnóstico oportuno, tratamiento integral, rehabilitación y cuidados paliativos, con enfoque de equidad y trato digno. Pero tener un marco normativo no garantiza, por sí solo, que las personas transiten por un sistema coordinado. La brecha entre lo que está escrito y lo que ocurre en la práctica es hoy uno de los mayores desafíos sanitarios del país.
En el Gran Concepción, esa brecha comenzó a mirarse de frente. Durante el último año, equipos clínicos, universidades, autoridades sanitarias y organizaciones de pacientes han trabajado en conjunto para entender cómo está respondiendo realmente la red local frente al cáncer: dónde están sus fortalezas, dónde se producen los retrasos y qué tramos del recorrido resultan más difíciles para las personas.
Este ejercicio —poco visible para la opinión pública, pero decisivo para el futuro de la atención— marca un cambio cultural relevante: pasar de miradas institucionales aisladas a una comprensión compartida del sistema como red. Cuando un territorio logra verse a sí mismo de esa manera, se vuelve posible coordinar mejor, priorizar con mayor evidencia y diseñar soluciones realistas, no solo declaraciones de intención.
Concepción, como uno de los principales polos urbanos del país, tiene hoy la oportunidad de transformarse en un referente nacional en cómo organizar la respuesta al cáncer desde una lógica sistémica. No se trata solo de sumar tecnología o especialistas, sino de lograr que prevención, diagnóstico, tratamiento y acompañamiento funcionen como un continuo, y no como compartimentos separados que obligan a las personas a navegar solas su enfermedad.
Este proceso cuenta con el apoyo de una organización internacional de cooperación técnica que trabaja con ciudades para fortalecer de manera sostenible sus sistemas oncológicos. Pero lo esencial no es quién acompaña, sino para qué: reducir brechas, acortar tiempos, coordinar mejor y asegurar que la calidad de la atención no dependa del lugar ni de la capacidad de cada familia para insistir.
En este Día Mundial contra el Cáncer, el llamado no es solo a la prevención individual ni a la solidaridad simbólica. Es asumir que, aunque no todos los cánceres se pueden evitar, muchas de las demoras, el sufrimiento innecesario y las trayectorias poco claras sí son prevenibles. Y eso ya no depende de la biología: depende de decisiones públicas, de gestión y de cuánto estemos dispuestos a ordenar el sistema en torno a las personas.
Porque cada experiencia con el cáncer es única. Pero la responsabilidad de que nadie lo enfrente tarde, desinformado o en soledad es colectiva.
Miguel Ángel Jiménez Ceballos, MSc.
Químico Farmacéutico
























